Afganistán, un futuro sin salida

Por Lucia Lara Gavilán y Xabier Jiménez Soto

Sida, hambrunas, bombardeos. Según UNICEF, Afganistán es el lugar más peligroso del mundo para nacer. Miles de niños afganos huyen de su aldea y vagan por el interior de Asia en busca de algo mejor.

Afganistán, la república islámica que se sitúa en el corazón de Asia, un país que no tiene salida al mar, un país en el que más de la mitad de su territorio son montañas. Limita con Pakistán al sur y al este, con Irán al oeste, con Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán al norte y con la República Popular de China al noroeste a través del corredor de Wakan.
La posición geoestratégica del país islámico ha provocado que haya sido y sea en la actualidad un punto de interés para que las grandes potencias intenten ejercer su influencia. La conflictividad de Afganistán comenzó en la década de los setenta, cuando Mohamed Daud dio un golpe de estado acabando con la monarquía constitucional que estaba implantada en el país y poniendo en marcha una república islámica.afganistan_002

Mohamed Daud decidió enfrentar a la URSS con el resto de la comunidad internacional y solo un año después de llegar al poder fue asesinado en otro golpe de estado llevado a cabo por el Partido Democrático Popular de Izquierdas. Pero esta etapa duró poco y solo unos meses más tarde, la URSS mandó a Afganistán un contingente para dar un nuevo golpe de estado y acabar con la coalición de izquierdas.

En 2001 y tras el atentado de Al Qaeda a las torres gemelas, Estados Unidos junto con la comunidad internacional atacó el país con el fin de terminar con los terroristas islámicos escondidos en sus montañas.

Afganistán es uno de los centros neurálgicos de la guerra, y aunque ésta haya acabado aparentemente, la presencia de muyahidines no hace más que tensar la situación y que el conflicto se haga permanente. La tormenta sigue soplando sobre el país islámico. Durante años, ha sido testigo de un interminable éxodo de personas. La invasión soviética entre 1979 y 1989 hizo que muchos civiles afganos huyeran del país. La subsiguiente guerra civil, en 1990, hizo que unos 6,2 millones de afganos se exiliaran principalmente a los vecinos Pakistán e Irán.

Posteriormente, más de 4,6 millones de personas retornaron a sus hogares. Sin embargo, otros partieron a causa de las sequías y los terremotos, que agregaron más muerte y sufrimiento a la región. En seguimiento a los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en los Estados Unidos, el número de desplazados internos afganos se incrementó con anticipación a los bombardeos estadounidenses. Miles más huyeron hacia Pakistán.

En 2002 y gracias a un programa de repatriación conjunto entre ACNUR y el gobierno provisional, se planteó un programa de retorno asistido desde Pakistán e Irán. En marzo de 2002, más de un cuarto de millón de afganos habían optado por el retorno a casa. En total, 1,8 millones de refugiados se repatriaron en 2002. Y al año siguiente, más de 158.000 refugiados afganos retornaron a sus hogares.

En la actualidad este tipo de programas siguen vigentes en los países vecinos y en 2011 el número de emigrantes fue inferior al número de retornados.

Siguiendo la tónica de los enfrentamientos bélicos y la inestabilidad política, los niños, junto con las mujeres, constituyen el fragmento más vulnerable de la población afgana.

Podemos hacer uso de determinados indicadores para ilustrar esta situación: El país ocupa la segunda posición en mortalidad materna a nivel global. La fertilidad es de 6,6 hijos por mujer, una de las más elevadas del mundo. Esto está provocando un crecimiento demográfico vertiginoso y que sea más complicado aún mantener el bienestar de los más pequeños. Existe una altísima tasa de mortalidad entre menores de cinco años. En 2011, según UNICEF, era de 101 niños por cada 1 000, es decir, hasta 900 muertos al día.

Además de los combates y del bombardeo constante, los menores se enfrentan a otros factores de riesgo. La falta de acceso a servicios médicos supone una enorme amenaza y los problemas de nutrición se acentúan en este grupo poblacional. El país asiático se encuentra a la cola del mundo en índices como el consumo calórico. La extrema pobreza y elevada inflación son los principales motivos por los que miles de niños carecen de alimentos, lo que dificulta un desarrollo adecuado y sus posibilidades de supervivencia.

La educación también hace frente a diversos obstáculos debido a la ausencia de edificios escolares seguros, profesorado y financiación. Acudir al colegio puede desencadenar una tragedia. Muchos niños son atacados por el camino o en las propias escuelas. Los islamistas más radicales están en contra de la educación femenina, y a menudo arrojan ácido a la cara de las niñas que asisten a clase. Los padres deben elegir entre arriesgar la vida de sus hijos o que crezcan siendo analfabetos; privando de esta manera a una generación entera de su derecho a la enseñanza.5AB207505

Desgraciadamente, después de que Estados Unidos derribara al gobierno talibán, la violencia en el país no hizo más que aumentar. La inestabilidad está en su momento más álgido, causando un número eminente de muertes militares y civiles.
En 2009, año en que la emigración infantil aumentó en un 45 %, un informe de UNICEF reveló que Afganistán era el lugar más peligroso del mundo para nacer. Éste fue uno de los peores años desde la expulsión de los talibanes. Murieron más de mil niños debido a los conflictos. Y en 2010, Save the Children estimó que las muertes de menores en el país asiático habían aumentado un 155 % respecto al año anterior.

Por la misma época, Mark Sedwill, enviado especial de la OTAN, hizo unas declaraciones muy polémicas afirmando que en Kabul y el resto de ciudades afganas no había apenas bombas. “Las ciudades son una red de pueblecitos donde los niños están probablemente más seguros que en Londres o Nueva York”. En respuesta a su comentario, Justin Forsyth, el director de Save the Children, afirmó que “Afganistán es el peor lugar del planeta para un niño”. Según Forsyth “850 niños mueren cada día, muchos de ellos de enfermedades evitables como la diarrea, la pulmonía o la desnutrición”.

La mayoría de los inmigrantes afganos son adolescentes y jóvenes, aunque muchos no superan los ocho años. A lo largo de sus vidas sólo han conocido la miseria y la crueldad. Las condiciones de vida para los refugiados afganos en Irán y Pakistán se han deteriorado marcadamente, por lo que cada día cientos de niños afganos indocumentados cruzan las fronteras de estos países. Pagan enormes cantidades de dinero a contrabandistas que los trasladan a países industrializados de Europa, donde sueñan con una vida mejor.

Sida, tiroteos, secuestros. La infancia afgana lucha contra las mismas dificultades que los adultos, o contra fatalidades aún peores. El menor intenta huir de su aldea porque una bomba ha destrozado su casa, porque su familia entera ha sido asesinada, o porque no les queda ni techo, ni agua, ni comida, solo la posibilidad de vagar por el interior de Asia en busca de algo mejor. Las familias deben decidir entre el deseo de ofrecer a sus hijos una vida digna y el riesgo de morir en el intento.

Los jóvenes afganos suelen ignorar los obstáculos a los que se enfrentarán a su llegada. Destinos como Grecia, donde se extiende una oleada de xenofobia, son a veces igual de peligrosos que su propio país. Cientos de miles de inmigrantes son agredidos y acosados por bandas afines a Amanecer Dorado. Además, los grupos de activistas denuncian la expulsión forzada de niños afganos en determinados estados europeos, donde la solidaridad no es mucho mayor.

Pese a estos escollos, sumados a los peligros del propio viaje, la generación pérdida y olvidada de los más jóvenes se siente prácticamente obligada a escapar. Afganistán lleva décadas en conflicto y las heridas parecen incapaces de cicatrizarse. En los últimos años se ha convertido en una tierra asolada, inundada por la desesperanza y la falta de oportunidades. La economía se recupera poco a poco, con elevados índices de crecimiento anual, pero depende en gran medida de la ayuda extranjera y del mercado de la droga.

Por un lado, en la Conferencia de Donantes celebrada en Tokio en 2012, se acordó que Afganistán recibiría 16.000 millones de dólares en ayuda para fines civiles hasta 2015. Y por otro lado, la economía ilegal cada vez cobra mayor importancia en el país, tendencia que podría dispararse con la retirada de las tropas de la OTAN durante este año. Según un informe de UNODC, la producción de opio batió un record en 2013, con un aumento del 49 %.

El país asiático destaca por tener un sistema económico de mercado, pero está muy debilitado, y tanto la pobreza como el desempleo son ya conceptos generalizados. La renta per cápita es de 800 dólares anuales y el paro sobrepasa el 40 % de la población activa. La carencia de profesionales calificados y la corrupción son otros de sus grandes impedimentos. Un año más, Afganistán, junto a Corea del Norte, lidera el ranking de países más corruptos del mundo, elaborado por Transparency Internacional.

El debilitamiento económico es una de las principales causas del éxodo de población, y hasta que el país asiático no consiga una mayor estabilidad e independencia del extranjero, será incapaz de asumir su propia seguridad cuando se retiren las tropas internacionales.

Pero, ¿cómo hacer que la juventud afgana vuelva a su país? ¿Cómo hacer que confíe de nuevo en su tierra y se sienta segura residiendo ahí? ¿Es acaso posible? Las decisiones que tienen que tomar las autoridades afganas para hacer que regresen los refugiados no son nada fáciles, ya que en la actualidad la sociedad se encuentra muy influida por los líderes religiosos, complicando aún más la comunicación entre la sociedad y los políticos.

Así pues, se debería llevar a cabo una serie de reformas en el país, en torno a tres pilares fundamentales:

En primer lugar, la protección de las niñas y mujeres. En la actualidad la ONU sostiene que Afganistán es el peor país para que vivan las mujeres. Las féminas del país no tienen apenas poder adquisitivo, son maltratadas por sistema y además están indefensas frente a los delitos sexuales. Según la OMS, una de cada once mujeres afganas muere al dar a luz. Además UNICEF denuncia que más del 80 % de las niñas son analfabetas y que en muchos casos se las obliga a casarse en contra de su voluntad.

La situación que viven las mujeres y niñas afganas en los países a los que emigran es totalmente contraria. Las menores pueden ir al colegio y alfabetizarse; y los códigos penales de los países receptores sí contemplan disposiciones que castigan tanto el maltrato como las violaciones. Por lo tanto, se sienten mucho más protegidas que en su propio Estado.

¿Cómo hacer que las mujeres quieran volver a casa? El papel de la mujer en Afganistán sólo puede cambiar si se reforma su código penal, así como la mentalidad de sus ciudadanos.

Lo primero es posible si la reforma se basa en una premisa clara: su protección. Para ello, han de establecerse leyes en las que la violación sea castigada como un delito grave, en el cual la víctima sea protegida por parte del Estado y no sea condenada por el mero hecho de ser mujer. La segunda de las reformas del Código debería incluir como delito la violencia de género, no permitiendo que los hombres queden totalmente impunes tras propinar una paliza a su esposa.

El cambio de mentalidad es algo más complejo. Las mujeres pasarían de tener un papel secundario en la sociedad a igualarse a los hombres, teniendo así la libertad de elegir marido y poder asistir al colegio sin correr riesgos. Este tipo de cambios podrían fomentar que las mujeres desearan retornar a su país, trayendo consigo a toda la familia.

En segundo lugar, la educación. Posiblemente, el punto más importante del cambio. En la actualidad la educación en Afganistán está controlada por los islamistas, por lo que la mayor parte del día los alumnos se dedican al estudio y comprensión del Corán. Las clases son impartidas por personas reputadas y distinguidas en la sociedad por sus interpretaciones del texto sagrado.
Este tipo de educación provoca que sea imposible un cambio de mentalidad ya que los profesores imponen enseñanzas tradicionales a sus estudiantes. Sin una educación más modernizada es imposible cambiar el pensamiento de los ciudadanos.
En tercer lugar, su Constitución. Es imposible cumplir los dos pasos anteriores sin que haya una reforma constitucional. Para que así sea lo primero que tiene que hacer el país islámico es deshacerse de la intervención por parte de Estados Unidos y la ONU, y así poder tomar sus propias decisiones sin tener que depender de potencias extranjeras.

Una vez conseguida la independencia política se deberían llevar a cabo una serie de medidas que resulten en una reforma total de la Constitución. La primera de estas reformas consistiría en pasar a ser un estado aconfesional en el que la religión, a pesar de tener un papel muy importante en la sociedad, pase a ser secundaria a la hora de tomar decisiones. Es decir, lo ideal sería que los líderes políticos del país se dedicaran a la política pura y dura dejando de lado sus creencias.

La segunda de las reformas que se deben llevar a cabo en el plano constitucional es la creación de un sistema parlamentario bicameral. Por un lado, un Congreso o Parlamento en el que se eligieran los diputados de forma democrática en una circunscripción única, y estuviera dotado de las herramientas necesarias para crear y aprobar leyes. Y por otro lado, un Senado conformado por los líderes regionales de cada zona o tribu del país. El cuerpo de electores de esta cámara estaría compuesto por los ciudadanos mayores de edad de cada una de las regiones. Se trataría de una cámara representativa regional en la que se revisaran las leyes remitidas por el Parlamento o Congreso.

Dentro de esta última reforma también debemos destacar la tradicional división de poderes que debería existir en todos los Estados, para conseguir una independencia total entre las distintas fuerzas y que puedan controlarse unas a otras.
Estos tres pilares de la reforma afgana supondrían un marcado aumento en la seguridad del país. Un factor fundamental para que los ciudadanos puedan regresar con sus hijos a su tierra y ofrecerles un futuro que ahora mismo parece imposible.

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