欢迎来上海 Bienvenidos a Shanghai

Elena Moreno

Hoy he salido a dar un paseo. Pero un paseo de verdad, sin un rumbo fijo o recado que hacer. Tan solo la necesidad de sol en la cara y la curiosidad de ver qué hace esta ciudad los sábados por la mañana.

A todos a los que les guste perderse por las calles de su propia ciudad sabrán que no hay mejor sensación que la de sentirse extranjero en casa o la de aventurarse por una calle desconocida sabiendo con certeza que en algún giro, tarde o temprano, volverás a colocarte en el mapa.

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En las ciudades nuevas ninguna calle resulta familiar, no hay recuerdos que sirvan de guía y el reflejo de mirar el mapa es incontrolable. Por eso he dejado el mapa en casa, junto con mi cara de turista.

Lo primero que he confirmado, porque ya me había dado cuenta, es que se necesita mucha paciencia para pasear por las calles shanghainesas. No son callejuelas con encanto sino avenidas infinitas de esas que según te vas acercando al final parece que el final se va alejando de ti. El encanto está más bien en las aceras, donde parece que los chinos colocan sus casas durante el día para recogerlas por la noche. Sillas y mesas tamaño parvulitos se dispersan en frente de casi cada local, y me encuentro con tenderetes con ropa colgando, carritos de comida, un zapatero, un hombre durmiendo, una madre con su hijo jugando al badminton, un grupo de seis hombres echando una partida de cartas y una señora preparando jiaozi, las famosas empanadillas chinas.

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Aunque sea un espacio público, siento que estoy invadiendo la intimidad de todas esas familias, y tengo el impulso tonto de ponerme las gafas de sol para que no se note que soy extranjera. Se nota igual, pero no importa porque a ellos no parece incomodarles mucho. Poco a poco me siento cada vez más parte de sus vidas, y me animo a preguntarles cosas. “Vivís aquí, cómo se llama ese juego, cómo se juega al mahjong (ajedrez chino)”. A cambio obtengo sonrisas y muchas ganas de responderme, pero también me lanzan preguntas de todo tipo, desde qué estoy haciendo en China hasta si estoy casada o tengo novio. Me reciben con los brazos abiertos y empezamos a curiosear, yo a ellos y ellos a mí.

Ese día volví a casa con la sensación de ser un poquito menos extranjera pero con la convicción de que sería muy difícil sino imposible ser “una más”. Por muchas gafas que me ponga, no dejaré de ser una laowai, o extranjera, y esa diferencia es mucho más patente en un país como China que en otros países en los que he estado o vivido.

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Hablo únicamente desde mi experiencia: Los chinos que he conocido me han parecido tan acogedores como fríos, como si no quisieran dejarte pasar del todo. El interés que han mostrado en mí me ha hecho sentir halagada, aunque a veces pregunten demasiado. Pero me falta ese acercamiento cálido, esa compenetración que sentimos con otras culturas un poco más parecidas.

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A pesar de todo, prefiero quedarme solo con lo bueno y seguir conociendo paseo a paseo una ciudad que ya siento casi como mía.

Todas las fotografías son de Moyra Neale Llaguno

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