Camboya en el año cero

Elena Moreno

La mañana del 17 de abril de 1975 la historia de Camboya se borraría. Esa mañana los camboyanos se irían de sus casas destinados a la esclavitud o la muerte, pero la mayoría no lo sospechaba. La noche anterior habían estado celebrando el fin de año y aún quedaban los restos de fuegos artificiales cuando los jemeres rojos, vestidos de negro y de cara adolescente, entraron en Phnom Penh.

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Jemeres rojos entrando en Phonm Penh el 17 de abril 1975

Apenas tendrían tiempo de prepararse antes de que los guerrilleros llamaran a sus puertas obligándolos a abandonar sus casas. “Debéis iros rápidamente”, “los americanos van a bombardear la ciudad”, “volveréis en dos o tres días, en cuanto limpiemos la ciudad”. Ante estos mensajes, atónitos, sin saber cómo ni por qué, obedecieron. Se les ordenó que desalojaran a pie o en carro de bueyes hacia el campo, un viaje que duraría los próximos tres meses y que separaría familias enteras. Los dos millones de habitantes, incluyendo ancianos y enfermos, salieron a la calle para encontrarse con su ciudad rendida ante el caos. Los que se oponían o no podían soportar la marcha, sufrían las consecuencias de una de las frases preferidas del líder de los jemeres: “El que protesta es un enemigo; el que se opone, un cadáver.” En cuestión de horas la ciudad fue desalojada y los jemeres rojos empezarían a escribir de nuevo la historia de Camboya.

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La ciudad de Phonm Penh desértica

Los jemeres rojos se habían hecho con el poder y disponían de carta blanca para reestructurar, o según ellos, “limpiar” la sociedad. Querían formar una cooperativa agraria dominada por los campesinos, y para ello debían empezar desde cero. Se abolió la moneda, se confiscaron todas las pertenencias personales y se estranguló la capital, dejándola sin comunicación alguna fuera del país.

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Empezarían por exterminar a todos los miembros o partidarios del antiguo Gobierno; siguieron por un proceso de “purificación” por medio del trabajo manual, con el fin de que absolutamente todos los camboyanos fueran campesinos. El control del Angkar, el partido bajo el liderazgo del ya conocido como Pol Pot, tenía el control total sobre la población. Controlaba las raciones de comida, las horas de trabajo y la información que recibían, ya que estaban obligados a escuchar las fabulosas noticias del régimen comunista que se proyectaban a todo volumen. Pero también imponía una vestimenta igual para todos, castigaba a todos los que llevaran gafas por ser considerados burgueses, vigilaba que nadie destacara del montón y hasta decidía con quién se iban a casar

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Campesinos cultivando en los campos de arroz

En este nuevo orden todo era de todos, incluidos los niños, quienes hasta las 7 años eran educados por jemeres rojos y volvían a sus familias tan transformados que muchos acusaban a sus propios padres si los veían hacer algo en contra del régimen- normalmente robar comida para alimentarlos a ellos.

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Pol Pot rodeado de niños

En 1976, se celebraron por todo lo alto los progresos de la Kampuchea democrática. Orgulloso de la pureza de la nación, Pol Pot creía estar rumbo a una próspera era de igualdad. Había prometido escuelas y hospitales, pero la revolución se había centrado tanto en reconvertir a la gente en campesinos, que todos estaban muy ocupados trabajando sus tierras. Incluso cuando ya no quedaban campos cultivables, los funcionarios del gobierno seguían cultivando arroz hasta en las pistas de baloncesto, ya que los deportes también fueron prohibidos al ser considerados burgueses. Sin personas encargadas de la administración del país y con una producción de arroz insuficiente, Camboya empezó a sufrir hambrunas.

Cegado por la confianza en la revolución, Pol Pot estaba convencido de que si la sociedad Kampuchea no funcionaba era por los enemigos del partido. Empezó a buscar a los culpables invisibles del hambre que reinaba en Camboya y acabó torturando y matando a los mismos que meses atrás habían luchado junto a los jemeres rojos. Esos supuestos enemigos fueron llevados a una prisión (S-21) donde fueron sometidos a torturas e interrogatorios en los que terminaban declarando su culpabilidad solo para acabar con el sufrimiento. En tres años de infierno, el dictador acabó con la vida de 14.000 personas y tan solo siete prisioneros sobrevivieron. También en la prisión se controlaba cada movimiento. Hasta para cambiarse de postura los prisioneros tenían que pedir permiso o de lo contrario sabían que recibirían 100 latigazos. Los niños, demasiado pequeños para ser interrogados, eran solo un estorbo y se deshacían de ellos en cuanto llegaban. Prisiones como la S-21 se contaron 200 a lo largo y ancho del país, con 20.000 campos con fosas, donde aún yacen los huesos de algunos de los más fieles seguidores de Pol Pot. El país entero se convirtió en un inmenso campo de concentración.

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Sala de torturas en la prisión S-21

En 1998, Pol Pot murió de forma natural y con la conciencia tranquila. Los únicos que han pasado por el tribunal internacional de Naciones Unidas han sido cuatro dirigentes de los Jemeres Rojos, acusados en 2011 de crímenes de guerra, contra la humanidad, homicidio y genocidio. Su indolencia, apatía y falta de reconocimiento han sobrecogido a los camboyanos, que aún no entienden por qué han perdido a sus familiares. Quizás por esto crearon el Día Nacional del Odio, celebrado el 20 de mayo de cada año en el campo de tortura de Toul Ulong: una ocasión para honrar a sus parientes, vaciando su ira en el protagonista de sus pesadillas, el culpable de la desolación que ha afectado sin excepción a todos los habitantes del país.

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La primeras páginas de la historia de Camboya en el año cero están manchadas de la sangre de las 2 millones de personas que murieron a costa del sueño revolucionario de un dictador, el responsable de uno de los mayores genocidios de la era moderna. Solo a partir de 1978, cuando las fuerzas vietnamitas derrocaron el régimen de Pol Pot, se pudieron empezar a conocer las atrocidades cometidas y el número de muertes. Se han tardado años en juzgar a unos pocos culpables. Y el mayor de ellos ha muerto en paz. Ante esto ya no podemos hacer nada, pero desgraciadamente los crímenes contra la humanidad siguen en la orden del día.

Hace dos días, sin ir más lejos, nuevas revelaciones certificaron los crímenes contra la humanidad por parte del Ejército sirio. Un informe jurídico revela miles de imágenes que destapan “torturas y asesinatos sistemáticos”, la gran mayoría hacia hombres jóvenes en un estado de desnutrición. Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (SOHR), desde que comenzaron las revueltas en 2011, Siria ha sufrido la muerte de más de 110.000 personas, entre ellos más de 40.000 civiles.

El de Siria es un genocidio más para la historia. Pero no uno que sucedió hace años. Sino uno que está sucediendo ahora. No podemos dejar que dictadores como Pol Pot sigan borrando la historia de un país.

Si te interesa saber más…

Libro recomendado:
“La eliminación”, Rithy Panh con Christophe Bataille.
Cuenta su historia personal, la de un niño camboyano que sobrevive al genocidio del Camboya para convertirse 30 años más tarde en un cineasta de prestigio. Es un libro que descoloca, que penetra, que plantea la cuestión del bien y del mal en un momento en el que la vida de los hombres no tiene más valor que la de un animal.

Película recomendada:
Los gritos del silencio, Roland Joffe.
Retrata la situación en Camboya durante la dictadura de Pol Pot a través de la historia verídica de un periodista, Dieth Pran, recluido en un campo de trabajo.

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